Dr. Jorge T. Bartesaghi
Dr. Jorge T. Bartesaghi
28/10/16
28/10/16

“Fuerzas del orden en cantidad y calidad suficiente para prevenir, desestimular, y si es necesario reprimir eficientemente el accionar delictivo, todo ello dentro de la más absoluta legalidad”.

 

Día tras otro nos sorprendemos ante la noticia de episodios de violencia, de niveles crecientes y características hasta hace no mucho desconocidas, que impactan la conciencia ciudadana al punto de crear un desasosiego generalizado que trasvasa edades, sexos, y situaciones socio-económicas y culturales de toda la escala social.

Ayer, un herido de dos balazos en un baño de la Tribuna Amsterdam del Estadio Centenario, en momentos que se disputaba un partido de Primera División con abundante público en la tribuna. Días pasados, un sinnúmero de hurtos, rapiñas y muertes de ciudadanos honestos, personas de trabajo, con familia, que afectan gravemente nuestra sensibilidad por el dolor que causan y la injusticia que suponen.

La semana que viene, sin temor a equivocarnos, la repetición de estos hechos con similar o mayor gravedad aún, además de los consabidos ajustes de cuentas entre delincuentes.

Innecesario continuar ejemplificando pues todos tenemos la certeza de la entidad del fenómeno, su agravamiento continuado, su generalización y de la absoluta y total ineficiencia del Estado para detenerlo, controlarlo o al menos disminuirlo.

Innecesario también profundizar en las críticas que, en forma reiterada, en nuestras páginas y en todas cuantas se han escrito en el país, mereciere la ineficiencia demostrada por las autoridades en la gestión del problema.

Es hora de un análisis profundo del tema, objetivo, intelectualmente honesto, sin prejuicios ideológicos, sincero, y sobre todo sin temor a costos políticos que eventualmente pudieran generarse. Es la hora de la verdad, del sinceramiento.

Con ese espíritu, sin pretensión de autoridad intelectual ni magisterio en el tema, y con el único animo de colaborar y exilar el celo social y político para intentar resolver seriamente el drama, ofrecemos nuestra opinión franca, sin tapujos, y sobre todo, sin miedo a las críticas que pudiere merecer.

Iniciemos este esfuerzo intentando simplificar, mejor dicho resumir, las causas del fenómeno. Creo que puede aceptarse pacíficamente, sin perjuicio de reconocer su multicausalidad, que la principal, la eficiente, es la marginalidad en que vive una parte de la sociedad. Marginalidad que supone absoluta carencia de valores, códigos diferentes, exclusión del sistema educativo y, consecuentemente, imposibilidad de integrarse en el plano laboral y social. Marginalidad que nada tiene que ver con la pobreza digna, que no se resuelve con dinero, que impone enfrentamientos, y que desprecia el trabajo como forma de escapar a la miseria. Marginalidad que se integra al sub-mundo de la droga, que se lleva en el alma con mucho odio, rencor, y sin la menor posibilidad de escapar de ella o superarla.

Esta marginalidad, generadora en un altísimo porcentaje de la inseguridad actual, solo tiene una solución: educación. Solo educación y educación. Lamentablemente sus efectos se verán en una o dos generaciones, quince, veinte o treinta años.

¿Debe intentarse? Por supuesto que sí, con urgencia, empezando hoy mismo, con la mayor seriedad.

Pero esto no basta. Es imprescindible combatir la delincuencia de hoy, reducirla, controlarla, desestimularla, dificultarle su accionar, hacerla dudar de sus beneficios.

¿Cómo se hace? Por supuesto que no es fácil, pero sin dudas, es posible.

Entendemos que solo hay una forma de lograrlo. Fuerzas del orden en cantidad y calidad suficiente para prevenir, desestimular, y si es necesario reprimir eficientemente el accionar delictivo, todo ello dentro de la más absoluta legalidad.

El Estado debe usar de todos los medios a su alcance para asegurar la paz social, es un deber ineludible e indelegable. Debe apelar a todos los mecanismos disponibles para prevenir y así evitar se violenten principios elementales de segura convivencia. Pero cuando no tiene otro camino que la represión del ilícito, (que no es represión de personas) debe hacerlo sin temor sabiendo que está cumpliendo con una obligación irrenunciable: la defensa de sus conciudadanos.

Claro que es más fácil decirlo que hacerlo. Pero lo uno no debe impedir lo otro.

Dijimos que necesitamos fuerzas del orden en cantidad y calidad suficientes.

Seguramente será más sencillo resolver el tema de cantidad por cuanto, más allá de dificultades previsibles en cuanto a entrenamiento y organización, el mayor obstáculo parecería ser el presupuestal. Y por supuesto que, atento a la gravedad del fenómeno, el dinero no puede ser obstáculo insalvable. Sin tremendismos reconozcamos que estamos frente a una verdadera “emergencia nacional”.

La imprescindible mejoría en el nivel de calidad de esas fuerzas implica, la dignificación del funcionario, su reconocimiento social, su compensación adecuada, el respeto a la función que cumple, en definitiva, la valoración social positiva que de ellos hagamos.

No puede haber funcionarios del orden conviviendo en asentamientos con la marginalidad. No puede haberlos con niveles de pobreza tentadora, con necesidades básicas insatisfechas, con miedos personales o familiares, ni tampoco sintiendo la desconsideración de buena parte de la sociedad.

Naturalmente que los agentes del orden deberán tener instrucción planificada, responsabilidad funcional y ética, educación adecuada y conductas acordes con la jerarquía de su función.

Y por sobre todo éstas deberán ajustarse estrictamente a la norma legal, sin la menor tolerancia. Solo así serán fuerzas del orden respetadas y queridas por la gente y temidas por la delincuencia.

El mundo tiene ejemplos de eficiencia policial acorde con estos parámetros.

No tengamos temor a definirnos y empecemos ya.

Deja un comentario

required

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>