Dr. Jorge T. Bartesaghi
Dr. Jorge T. Bartesaghi
2/9/16
30/9/16

La reciente resolución de Argentina, Brasil y Paraguay, legitimada por la complaciente abstención uruguaya, que impidiera a Venezuela el ejercicio de la presidencia pro-tempore del Mercosur, sustituyéndole, hasta el fin del periodo semestral por el colegiado de los miembros fundadores, y exigiéndole además, en plazo perentorio, dar cumplimiento a sus obligaciones pendientes, logró detener el inexorable proceso de destrucción que afectaba al grupo.

La posición adoptada por Uruguay de dar por finalizada su presidencia al vencimiento del plazo legal, (postura que en el plano jurídico compartimos plenamente), y su actitud posterior de entender los reclamos de Venezuela contrapuestos con el resto de los socios, (decisión que en el plano político para nada compartimos), daba inicio a un proceso acelerado y progresivo cuyo destino no parecía ser otro que dejarnos fuera del grupo que, con tanto sacrificio, intentamos impulsar desde hace más de veinte años.

Si a ello agregamos desafortunadas declaraciones acusando al Canciller brasileño de presiones extorsivas, (probablemente ciertas), parecía inevitable un final infeliz de trágicas consecuencias para nuestro desarrollo.

Felizmente todo fue desactivado, tanto por las excusas presentadas por Cancillería como por la postura de Uruguay de no oponerse a la resolución del resto de los miembros fundadores de impedirle a Venezuela la representación que corresponde a una presidencia pro-tempore.

Tan relevante como los hechos relacionados ha sido la reunión mantenida por el Dr. Vázquez con el Presidente Temer en ocasión de la Asamblea General de la ONU, de la que parece haber surgido trascendentes acuerdos sobre los temas fundamentales que hacen al grupo, especialmente aquellos que hablan de su inserción internacional, y por sobre todo, el reconocimiento del derecho de los miembros de gestionar acuerdos bilaterales o multilaterales, fuera del grupo.

Si a ello agregamos los buenos vientos que rodean un posible acuerdo con el Grupo del Pacífico, la intención manifiesta de acordar con el Reino Unido, también con China, y la continuidad de las tratativas con la Unión Europea, todo parece indicar que, en materia de inserción internacional, al menos, podemos mantener la esperanza de estar retomando el rumbo.

Parecería que en la lucha intestina permanente que las fracciones del Frente Amplio libran por sus irreconciliables posturas ideológicas, ha primado, al menos por esta vez, la racionalidad impuesta desde el Poder Ejecutivo, y con ella la esperanza de construir nuestra inserción internacional bajo los tradicionales parámetros que desde siempre prestigiaron nuestro país.

Lamentablemente otros han sido los resultados en el manejo de los temas vitales que hacen a nuestro desarrollo, en los que, notoriamente, el gobierno ha sucumbido frente a las presiones de sus bases, de sus grupos más radicales y de corporativismos  que han priorizado sus intereses al bien común.

Si bien son muchas las carencias evidenciadas por una notoria mala gestión y la irresponsabilidad e incompetencia de muchos de los actores en el manejo de la cosa pública, hay una que especialmente nos preocupa: la educación.

Y de ella, mucho más que los aspectos curriculares donde los desastrosos resultados no admiten el menor análisis ni justificación, nos importa sí su inoperancia e ineficiencia para revertir, aún en un mediano plazo, los graves daños sociales generados. Sin duda ello solo puede lograrse a través de una acción educativa que priorice valores y promueva un aprendizaje acorde con las exigencias de los nuevos tiempos.

Y en ello el gobierno ha fracasado. No ha podido imponerse a intereses corporativos, habitualmente escudados en fuerzas radicales que integran sus propios sub-sectores.

Las consecuencias de este fracaso son tremendas, seguramente imposibles de evaluar. Cuando pensamos que nuestro sistema educativo no ha logrado trasmitir valores ni incorporar conocimientos imprescindibles para una adecuada inclusión social, no podemos menos que responsabilizarle de buena parte de los dramas que afectan nuestra sociedad actual, y de sus nefastas consecuencias sobre las posibilidades de nuestro desarrollo futuro.

Mucho más que los índices de pobreza e indigencia nos preocupa el seguramente desconocido índice de marginalidad, entendiendo por tal ese sector que vive de espaldas a los valores, códigos, formas y costumbres pacíficamente admitidos por la sociedad en su conjunto. Marginalidad que supone además la imposibilidad de integrarse a la misma en cualquiera de sus áreas y sectores por cuanto es incapaz de reconocer otro sistema de vida que el que impera en su ámbito de funcionamiento.

Cuando vemos crecer en forma exponencial ese índice de marginalidad, índice que poco o nada tiene que ver con la pobreza que otrora conocimos, cuando nos enfrentamos al aumento desmedido de embarazos de adolescentes, cuando constatamos el crecimiento en el consumo de drogas o en la tasa de criminalidad de los menores, no podemos menos que concluir que nuestro sistema educativo ha fracasado estrepitosamente.

La educación, y solo ella, podrá en el mediano y largo plazo revertir este trágico panorama que presenta una sociedad fracturada, partida, enfrentada, donde a una de las partes le es imposible aspirar a la forma de vida de la otra.

En el tema, lamentablemente, el gobierno ha fracasado en forma estrepitosa. Nada ha hecho y nada podrá hacer mientras se mantenga rehén de los corporativismos gremiales y/o políticos que impiden transformaciones.

Lamentablemente también, ese ADN generador de graves patologías sigue intacto, y por tanto nos impide alentar un futuro de esperanza.

Con dolor declaramos que en esta materia, a diferencia de lo sucedido en las relaciones internacionales, el país no ha podido retomar el rumbo deseado.

Deja un comentario

required

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>