Dr. Luis José Martínez
Dr. Luis José Martínez

Quien esto escribe estuvo recientemente en la ciudad de México. Puesto que el corazón, dondequiera que uno vaya, es inalterable en sus afectos, hizo contacto a poco andar con algunos compatriotas residentes en esa inmensa ciudad, de los que una buena parte, prolongada hoy en su descendencia, formó parte del exilio en tiempos de la dictadura militar de infausto recuerdo.

Interesado por todo lo relativo a nuestro país, supo de una coincidencia que en primera instancia consideró grata: se estaba desarrollando en aquella inmensa ciudad la “Feria de las Culturas Amigas”, que consistía en sendas exposiciones, la una cultural y la otra gastronómica, ubicadas respectivamente en la Plaza de la Constitución y en la Plaza de Santo Domingo, distantes entre sí unos doscientos cincuenta metros. Cientos de países, de hecho la gran mayoría de cuantos hay en el mundo, participaban en la mencionada Feria. La página electrónica de la Embajada del Uruguay informaba sobre la presencia nacional en ella, que auspiciaba, de modo que el firmante enderezó sin tardanza para allá.

Llegado a la Plaza de la Constitución (bautizada según tradición mexicana como “el Zócalo” de la ciudad), no sin trabajo pudo ubicar el llamado “stand cultural” uruguayo. De similares dimensiones a la mayoría de los restantes, se ubicaba en uno de los tres grandes sectores en que la muestra se dividía, y por cierto no resultaba sencillo hallarlo en medio de la brillante policromía que imperaba allí. Ninguna objeción hay que hacer por ello: la profusión cromática no nos ha caracterizado nunca, y ése es un rasgo del ser nacional como otros tantos, que hay que asumir sin complejos y que no justifica el acento lastimero con que algunos compatriotas lo señalan en sus sesudos análisis de psicología social.

Tan desangelado se veía el denominado “stand cultural” uruguayo, sin embargo, que era imposible pasar por alto un sentimiento de viva contrariedad. Cuando algún visitante se detenía allí, y esto no ocurría con frecuencia, era por algunos cuantos segundos. Poco y nada había, en efecto, que pudiera atraerlos. Lo que se suele denominar “cultura” en sentido restringido, se representaba mediante tres grandes “posters”: dos de ellos exhibían al escritor Mario Benedetti, y el restante a su colega Eduardo Galeano. A ellos se añadían unos escasos libros de su autoría. Con independencia de la filiación política de ambos, constituidos en figuras de culto por la “fuerza política” que actualmente gobierna, no hay duda de que se trata de personalidades relevantes. La materia estética no está sujeta más que a unas pocas reglas, excepcionalmente amplias, y por tanto las valoraciones en este campo son muy variables. Quien escribe estas líneas aprecia, por lo pronto, el talento del uno y del otro, y especialmente el de Benedetti, cuyo mérito más notable consiste en haber podido llegar con su pluma a los más variados estratos, y esto incluso en el plano internacional. Pero, claro, esto no es significativo por sí; lo importante es saber si eso era todo lo que el país podía exhibir.

A los supuestamente entendidos que organizaron la muestra correspondiente a nuestro país, se les pasó por alto, entre otros “pequeños detalles”, que justamente este año se cumplen cien años del fallecimiento de José Enrique Rodó, respecto al que debemos presumir que ellos saben de quién se trata. La influencia de este excepcional pensador ha sido notable, y ocurre precisamente que en México (otro tanto sucede en otras partes) ha existido desde siempre una gran admiración por él. El orgullo de contar a Rodó entre nuestros compatriotas no parece haber llegado hasta los espíritus de quienes diseñaros el “stand cultural” aludido. Es un ejemplo, ciertamente muy significativo, pero tan sólo un ejemplo de personalidades relevantes de nuestra cultura que tales cerebros resolvieron pasar por alto.

Por lo que toca a la denominada cultura popular, la muestra también tiene lo suyo. Allí se exhiben sendas fotografías de Alfredo Zitarrosa y Daniel Viglietti y, asimismo, se ofrece uno que otro disco grabado por dichos intérpretes. Como elemento adicional, el mostrador presenta en su mitad a la derecha (tomando como referencia el punto de vista del visitante) una modesta exhibición de mates y bombillas y, detalle nada menor, cuatro o cinco paquetes de yerba mate que, aunque no sea ciertamente uruguaya en lo tocante a su producción, es un insumo sin el cual no hay manera de tomar mate, según es de conocimiento de todos aquellos que suelen disfrutar tan criolla infusión.

Fíjese qué casualidad. En 2017 se cumplen cien años del estreno de “La Cumparsita”, de Gerardo Matos Rodríguez, el tango de los tangos. Para el criterio de quienes elaboraron la peculiar exposición, el hecho no es suficientemente importante; no les haremos por cierto el agravio de suponer que no estaban enterados.

¿Son cantores de nuestra tierra Zitarrosa y Viglietti? Claro que sí. ¿El mate constituye un elemento característico de nuestros hábitos y costumbres? La respuesta es, también en este caso, indudablemente afirmativa (con la salvedad de que no pocos partidarios de la “fuerza política” vernácula parecerían creer que hasta el mate lo inventaron ellos).

Ahora bien, benévolo lector: ¿cree usted que un “stand” como el que he descrito puede ser considerado representativo de nuestra cultura? Yo tampoco. ¿Le parece a usted sugestivo el hecho de que las cuatro personas seleccionadas como expresión de la cultura del país cojeen las cuatro del mismo pie? A mí también. ¿Sentiría usted un poco de vergüenza, o incluso mucha vergüenza si, encontrándose en otro país, asistiera a una muestra de las culturas de diversos pueblos y hallase, en la correspondiente al Uruguay, tantas coincidencias sospechosas y tantas omisiones injustificables? Yo también.

Vista a través del prisma del frentismo gobernante, ahí tiene usted la cultura de nuestra patria. Festejen uruguayos, festejen.

 

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