Dr. Jorge T. Bartesaghi
Dr. Jorge T. Bartesaghi

Cuando el desprestigio de los hombres es mera consecuencia de su accionar erróneo, de conductas inadecuadas o espurias pero enmarcadas dentro de su natural albedrío, el daño que se provoca suele limitarse a su autor y circunstancialmente extenderse a su entorno íntimo, familiar, y excepcionalmente, al círculo laboral o social que integra.

Pero cuando las mismas suceden en el ejercicio de la actividad pública se afectan también valores esenciales consagrados por los pueblos a lo largo de su historia. El honor y el orgullo insertos en la esencia de nuestra nacionalidad, el pacto social compartido que plasma nuestra Constitución Nacional que exige honestidad, esfuerzo, sacrificio, rectitud y equilibrio, entre otros, se sienten gravemente heridos cuando la conducta de los gobernantes los deshonra.

Algunas de esas conductas, las graves, las inadmisibles, las que no admiten justificación, dañan la institucionalidad, entendida ésta como la síntesis, la esencia de nuestros valores democráticos y republicanos.

Nos dañan a todos, cualquiera sea su identidad filosófica, a quienes tienen orientación política definida y a quienes no la tienen, a quienes se interesan por la cosa pública y a quienes no, a todos, absolutamente a todos.

Hoy la ciudadanía observa estupefacta las imputaciones que se le hacen al vice-presidente de la República, Raúl Sendic, quien no deja de sorprendernos por la desfachatez con que enfrenta la situación.

Al ridículo inicial del episodio de su falso título de licenciado se agregaron luego innúmeras acusaciones sobre los despilfarros, amiguismos, arbitrariedades y probables corruptelas (pendientes de investigación judicial) durante su desastrosa gestión como presidente de Ancap que nos dejara el “agujero negro” de 800 millones de dólares, cifra sin precedentes en la historia nacional.

Tampoco resultan menores las imputaciones que se formulan relacionadas con los descalabros de Alur, manejada por amigos y referentes de su grupo político, algunas de ellas de extrema gravedad.

Por si ello fuera poco sale a luz el abuso inconcebible de su “tarjeta corporativa” utilizada en operaciones comerciales que, a todas luces, nada tienen que ver con el ejercicio de su función. Con su sola reseña queda evidente su desprecio por la legalidad y su falta de respeto hacia una ciudadanía que imagina suficientemente estúpida como para no advertir tales desmanes.

Pero quizás lo que más sorprende es su desparpajo, lindante con la desfachatez, para enfrentar a la opinión pública  sin reconocer errores, anunciando ingenuamente una inocencia hoy increíble hasta par el más desprevenido.

No profundizamos sobre los hechos referidos porque, tanto por su gravedad como por el estado público que han tomado, inevitablemente serán investigados por la justicia.

Tampoco nos preocupa el Sr. Sendic, ni en lo personal ni en lo político, por cuanto tendrá la sentencia a que se ha hecho acreedor. Pero si nos preocupa y mucho el tremendo daño causado a la institucionalidad del país, por el descrédito natural que actitudes de esta naturaleza generan en la ciudadanía, La natural, aunque indebida, generalización que de estas conductas surge, expone a toda la clase política, gobernantes especialmente, a la sospecha, desconfianza y descrédito  de la sociedad.

Cuando un pueble descree de su clase dirigente, duda de la eficiencia de sus instituciones, o simplemente desconfía de la honestidad de su proceder, se fomentan extremismos de cualquier naturaleza, en suma, se debilita el valor de la institucionalidad democrática y de sus valores republicanos.

De ello es responsable el señor vice-presidente, y todos quienes le hayan acompañado en su proceder desajustado a derecho.

Más allá de las muchas discrepancias que tenemos con su gobierno, pedimos que Dios guarde la salud del presidente Vázquez (y a nosotros), y le permita festejar sus ochenta años en enero de 2020.

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