A 33 años del regreso de Wilson

Aníbal Steffen
Aníbal Steffen

Me desperté sobresaltado. Un extraño silencio me sacó del muy breve sueño: el monótono run run de las máquinas del barco se había apagado. Uno se acostumbra a ese envolvente sonido que termina siendo un arrullo. La nave estaba detenida, aunque era temprano para haber llegado a Montevideo. La certeza de que algo extraño estaba pasando me obligó a sacudir las últimas telarañas del sueño. Me levanté de un salto de la cama en la que me había tirado con la ropa puesta, y salí de mi camarote rumbo a cubierta.

Ya era de mañana, pero el denso banco de niebla que reinaba sobre el Río de la Plata, envolvía al viejo “vapor de la carrera”, rodeado por barcos de guerra y lanchas de abordaje de la Armada. Nos habían detenido en medio del Río, ya en aguas jurisdiccionales uruguayas, poniendo una nota de tensa incertidumbre en la travesía que comenzó la noche anterior en el Puerto de Buenos Aires.

Era difícil creer lo que estábamos viviendo. Un verdadero operativo militar que incluía aviones y helicópteros, además de las unidades navales se había puesto en marcha para detener a Wilson Ferreira quién, por otra parte, volvía a Montevideo por voluntad propia, en un medio de transporte público, en un viaje que podía ser calificado de cualquier cosa menos de clandestino, y que pretendía ingresar normalmente al puerto de Montevideo exhibiendo su ya vencida cédula de identidad uruguaya.

Desde la baranda de Ciudad de Mar del Plata II, viendo aquel despliegue, Wilson trataba de calcular lo que las Fuerzas Armadas habían gastado en combustible para detener a un hombre y su familia. “Con algunos guardia civiles alcanzaba”, bromeó.

Unas quinientas personas, que colmaban la capacidad de la vieja nave, formaron parte de aquella travesía. No puedo hablar por los demás. Pero en aquella noche de emociones a flor de piel, de canciones y vino, de ilusiones y temores, tuve la más absoluta certeza de estar viviendo un hecho histórico, un hito que marcaría un antes y un después en mi vida y la vida mi país. Wilson regresaba después de 12 años de exilio, y yo era uno de los quinientos privilegiados (amigos, correligionarios, representantes de otras corrientes políticas y periodistas uruguayos y extranjeros) que habían sido invitados a formar parte de la aventura y a ser testigos del acontecimiento.

En la mañana del 16 de junio de 1984, se confirmaron los temores de casi todos. Que fuera preso al llegar, era la hipótesis más razonable.

En consecuencia, Wilson estaba encerrado en el cuartel de Trinidad cuando se realizaron las elecciones de ese año y no pudo ser candidato. Lo liberaron pocos días después, como todos sabemos.

Entonces, ¿fue un error aquel regreso? ¿Fue un paso en falso? ¿Un gesto estéril?

He contado más de una vez las razones que el propio Wilson me dio para justificar su regreso: el Partido de Leandro Gómez y de Aparicio; el que todavía le canta canciones a Chiquito Saravia, no aceptaría jamás la jefatura de un hombre de quien se sospechara que no volvía al país por miedo a lo que pudiera ocurrirle. Esa explicación terminaba con cualquier discusión y derribaba todo argumento en contrario. Pasado el tiempo, las razones en favor de aquel casi legendario regreso se agigantan.

Fracasadas las negociaciones del Parque Hotel, estancada la salida política que se había empantanado porque la dictadura militar quería replegarse con elegancia, imponiendo condiciones inaceptables, la llegada (y la prisión) de Wilson generó una situación que operó como detonante de una vertiginosa serie de hechos políticos.

Con Wilson preso, los militares hicieron concesiones que eran impensables un día antes, mientras el Frente Amplio y el Partido Colorado se apresuraban a rebajar el nivel de su intransigencia democrática, a cambio de una salida que, a la vez, fuera funcional a sus respectivos intereses y estrategias. Así llegó el Club Naval y los acuerdos que “subyacieron” o “sobrevolaron” la mesa de aquel pacto que tanto esfuerzo hacen por olvidar algunos que practican la memoria selectiva.

Sin retorno y prisión de Wilson, no hubiera habido pacto del Club Naval. Hubiera habido algo mejor o peor, pero distinto. Esa urgencia por arreglar a cualquier precio no hubiera prosperado sin las condiciones excepcionales que generó la vuelta y prisión de Wilson.

Los militares se iban, de eso no hay duda. Pero en qué condiciones, dependía de cuál de las estrategias posibles fuera adoptada por los actores políticos. Y también de la paciencia y persistencia con que se aplicara.

La estrategia de Wilson podía sintetizarse en aquella frase: “Lo único que tenemos que negociar con ellos es el día y la hora en que se irán”. Pero el triunfo de esa estrategia requería de una gran convicción, firmeza y unidad, de toda la oposición a la dictadura.

Y otra cosa, aún más importante. El triunfo de la estrategia de Wilson hubiera representado también el triunfo del propio Wilson. Por lo tanto se requerían competidores políticos que estuvieran dispuestos, además, a aceptar un protagonismo consagratorio de Wilson, a cambio de una salida menos condicionada y renga.

Hoy sabemos que era mucho pedir. Por eso, conociendo la naturaleza humana y con la perspectiva que dan los 33 años transcurridos, uno va atemperando la bronca y digiriendo el trago amargo que significó el pacto del Club Naval.

Wilson era un gigante. El único capaz de pedir de los demás sólo aquello que él mismo estaba dispuesto a dar: por ejemplo, el renunciamiento. Él lo dio muchas veces a cambio de nada. O mejor dicho a cambio de nada para él, sino para lo que él consideró el bien del país. El resto del sistema político nacional de la época, en fin…. cada cual juzgará.

En definitiva, el retorno de Wilson en el vapor de la carrera aquel 16 de junio de 1984, fue un acto de valor y de grandeza. Lo hizo por respeto a sí mismo y a su condición de auténtico caudillo. Pero la consecuencia fue la de sacudir el árbol para que cayera la fruta madura.

¡Salve Wilson! Seguimos estando en el mismo barco, hoy y siempre…

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