Francisco Faig
Francisco Faig

Mi última columna, “blancos y católicos”(1) , generó cierta repercusión en redes. No pensaba volver sobre su temática. Pero la entrevista del jueves 22 en Búsqueda a un diputado del Partido Nacional, Dastugue, puso de nuevo el tema del vínculo entre política y religión sobre la mesa.

Primero, señalar mi relativo asombro por la virulencia de algunas respuestas a mi columna. Destacaré dos casos.

Uno, que me escribió que no entendía cómo podía ser que La Democracia me permitiera escribir esas cosas. Me dejó perplejo porque ese razonamiento implica desconocer totalmente la libertad que existe para escribir en La Democracia y que he señalado tantas veces. Por eso mismo lo destaco aquí, una vez más: La Democracia, conjugando los valores del Partido Nacional, es plural y abierta, y siempre que los argumentos se expresen con respeto, todas las ideas son aquí recibidas. Otro escribió una respuesta discrepante y de buen tono en los comentarios a mi columna, aunque con un cierre que también pone un acento censurador sobre quién escribe en la Democracia (ya que sería yo “la reencarnación de Don Pepe Batlle escribiendo en “La Democracia”)(2).

Yendo al fondo del asunto el tema es qué papel ha de cumplir el argumento de convicción religiosa en la actividad política, y en particular en la que concierne al Partido Nacional. Uno de mis contradictores lo señala con claridad: “la Iglesia Católica es la principal defensora de la ley y el derecho natural. Y que nuestra Constitución, es de clara filiación jusnaturalista. Por tanto, quien defiende el derecho natural, sea cual sea su religión o irreligión, estará siempre de acuerdo con dos cosas: con Iglesia Católica y con la Constitución de la República”. Y Otro agrega: “para los Católicos no existe disociación de personalidad ya que primero está Dios y eso es inamovible”.

Parecido es el argumento de Dastugue sobre asuntos de sociedad que generó tanta polémica. Sin ser católico pero sí definiéndose como cristiano, Dastugue entiende equivocada la normalización del matrimonio homosexual, por ejemplo, cosa en la que caería de acuerdo por cierto con lo que cree el papa Francisco. Es desde ese lugar dogmático, en donde el último argumento es que en definitiva Dios les da la razón, que se hace muy difícil el diálogo con cualquiera que no acepte esa legitimidad argumental de origen divino.

Yo soy de la idea de que cada uno ha de pensar y expresar lo que le venga en gana sobre estos asuntos. No creo que haya que censurar a Dastugue, ni tampoco creo que haya que echar a estos compañeros que, católicos o cristianos, piensan de esta manera (nótese que a algunos de ellos sí les gustaría echarme por yo pensar diferente a ellos).

El problema es, y cito a Rorty, que “en las democracias hay personas que profesan ideas radicalmente distintas tanto en relación con el objetivo y el significado de la existencia como respecto de la senda más adecuada para alcanzar la perfección en el ámbito privado”.

Frente a esa realidad, un partido que pretenda representar una amplitud de pareceres y de ideas, porque busca ganar el apoyo de las mayorías para poder gobernar, no puede transformarse en un vocero de lo que Sartori llamaba una “minoría intensa”: un grupo pequeño de ciudadanos que vive con pasión ciertas cuestiones políticas, generalmente dogmático, sectario o fanático; que ve todo en blanco y negro, con el mal todo de un lado y el bien todo del otro (el suyo propio). Sartori escribe que en este caso la intensidad y la cognición tienen una correlación negativa, por lo que en estas minorías intensas triunfa “la mente cerrada sobre la mente abierta”.

Yo reivindico para el Partido Nacional su fuerte tradición plurisecular que es el la de su ética democrática. Ella no excluye ninguna visión normativa pero, al mismo tiempo, relativiza todas las posiciones. Los dogmáticos, católicos o cristianos en los ejemplos de estas semanas, denuncian por lo general esta ética como una forma inaceptable de relativismo moral. Pero el principio de libre discusión y de igualdad de los interlocutores no tiene nada de relativo. Es una regla absoluta que no supone el abandono de la búsqueda de la verdad. Simplemente asume el hecho de que nadie la posee y todos participan en su búsqueda.

El Partido Nacional es moderno, pluralista. No se alinea con una perspectiva política ultramontana, de derecho natural unívoco en la que la Iglesia Católica sería la protagonista(3). Alcanza con fijarse en la posición mayoritaria de los representantes del Partido en la constituyente de 1917, cuando se separa la Iglesia del Estado: desde Washington Beltrán hasta Luis Alberto de Herrera, había acuerdo sobre este punto. La religión por un lado; la política por el otro. Es este principio intelectual pluralista el que cristianos y católicos dogmáticos no puede aceptar. Podrán ellos autodefinirse como tolerantes, pero en última instancia mantienen, siempre, la convicción de ser portadores de la Verdad.

Conjugar el pluralismo implica quebrar la fe en la propia creencia y hacer presente el reconocimiento de la existencia legítima de otras creencias que pueden también ser portadoras de una parte de la verdad. Me parece que allí radica la esencia política del Partido Nacional, de su prédica de antaño por la representación proporcional por ejemplo o de su prédica actual por gobiernos en los que distintos actores acuerden políticas públicas de consenso.

Por eso creo yo que la mejor forma de representar los valores políticos del Partido Nacional es aceptar la diversidad en su seno. Una diversidad que acepte que el otro, incluso dentro del partido, puede ser portador de una parte de la verdad. Una diversidad que no implica aceptar todo y su contrario, claro está. Pero que sí acepta como amplia señal distintiva identitaria a la libertad individual apoyada en los valores democráticos y republicanos. Esos valores, al menos desde la modernidad occidental afirmada en el renacimiento, señalan que lo político tiene autonomía con relación a lo religioso.

De esta forma, en acuerdos ciudadanos, se logran fijar caminos comunes. Como escribe Rorty: “no hay nada – ni la voluntad de Dios, ni la naturaleza intrínseca de la realidad ni la ley moral – que pueda considerarse más importante que el resultado de los acuerdos libremente alcanzados por los miembros de una comunidad democrática”.

Por supuesto, el camino cotidiano de esta ética democrática es escarpado. Pero lo otro, el triunfo del dogmatismo, no solo impediría al Partido Nacional sintonizar con las amplias mayorías populares que para nada comulgan con el sentir dogmático de estas minorías intensas tan presentes en la vida política del país. Sino que sobre todo, terminarían haciendo irrespirable el aire libre y democrático de nuestra república.

Cierro con un link a un video de un programa de televisión de este mes en Chile(4). Vale la pena: es un pastor que considera que él tiene la Verdad revelada, y por tanto agrede al periodista que lo entrevista por su condición de homosexual. Se podrá decir que lo ocurrido es exagerado y que en Uruguay, de tradición más plural y liberal, no tiene por qué pasar algo así. Sin embargo, importa entender el principio general del asunto: se trata de un dogmático que agrede hoy de esta forma. Hace unos siglos, con un poco de poder político, directamente el dogmático religioso en cuestión te mandaba a morir en la hoguera por discrepar con él.

 

1) http://lademocracia.info/index.php/blancos-y-catolicos/

2) En redes sociales agregó el señor en cuestión refiriéndose a mí: “Siempre fue igual desde que lo conozco. Es un liberal en lo económico (por eso a veces hay cosas compartibles, aunque los blancos no somos estrictamente “liberales”), pero a diferencia de muy buena parte de los blancos, también es liberal en lo moral. Detesta la historia del Partido y la veneración que los blancos sentimos por nuestros héroes. Y dice que recordarlos es “recitar un mantra”. Es soberbio, vanidoso y engreído. Se cree superior a todos. Muy académico. Demasiado estirado para entender al pueblo blanco. Ojalá se vaya con Novick. O con Amado, Glenda Rondan y Ope Pasquet…”. Solo quiero señalar aquí que nunca vi a este señor en mi vida y que acerca de mis análisis de la historia política del país y del Partido Nacional quizá den buena cuenta algunos textos que he escrito en los últimos 20 años. Por supuesto, ello no quita que el señor puede pensar lo que quiera sobre mi persona y mis pareceres, sin conocerme personalmente ni leer esos textos.

3) Distinta es cierta tradición nacionalista argentina, por ejemplo. Vale la pena citar aquí el buen libro de David Rock, “La Argentina autoritaria. Los nacionalistas y su influencia en la vida pública” de 1993 en su

edición en inglés.

4) https://www.youtube.com/watch?v=OfS6gIpeGvQ

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