Dr. Jorge T. Bartesaghi
Dr. Jorge T. Bartesaghi

A nadie se le ocultan las dificultades endógenas que afectan al Frente Amplio en sus procesos decisorios internos. Diferentes concepciones enfrentadas, antagónicas, llevan a procesos de discusión que impiden la adopción de resoluciones razonables.

Si bien esto ha sido siempre así, -natural consecuencia de agrupamientos entre partes en las que, algunas de ellas al menos, están situadas en las antípodas del pensamiento político universal-, en estos últimos tiempos

se advierte un incremento en las diferencias que inciden negativamente en la toma de decisiones adecuadas.

Hoy el peso desmedido de ciertos sectores así como la incidencia poco proporcional de algunos colectivos en la orgánica partidaria hace que el Poder Ejecutivo no se atreva a adoptar decisiones con las que en su esencia comulga, pero que no son del agrado de muchos de sus propios sectores, y/o de corporativismos a los que no quiere enfrentar. 

Sólo así puede entenderse su reticencia a la toma de decisiones, como por ejemplo el impedir u obstaculizar la investigación de hechos de visos delictivos sucedidos en los organismos públicos, que eventualmente podrían resquebrajar una unidad que se evidencia sin sustancia ideológica, ficticia.

Decisiones que, en algún caso, suelen tener gravísimas consecuencias económicas que afectan directamente el bienestar de la población, y en otros, la credibilidad y el bien ganado prestigio ante la comunidad internacional acostumbrada a ver en nuestro país un paladín en la defensa de los principios democrático-republicanos. Tal el caso de las posturas adoptadas ante la gravísima crisis política, económica y humanitaria que afecta al pueblo venezolano.

Creemos que a esta altura nadie puede dudar que en Venezuela impera una vulgar dictadura.

Dictadura por la fractura del principio de separación de poderes con avasallamiento del poder ejecutivo, dictadura por sus presos políticos, por el entorpecimiento de procesos electorales de base constitucional, por la represión indiscriminada de manifestaciones populares, por el desprecio y agravios a países y gobernantes del continente, y hasta  por el hambre y miseria a que condena a su pueblo.

Y dictadura hasta por el personaje que la encarna, el siniestro Nicolás Maduro, un verdadero histrión que ridiculiza la prestancia que corresponde a un Jefe de Estado. Un hombre soez y grosero, atrevido y desprejuiciado que no merece representar al pueblo venezolano.

Obviamente todo esto es de conocimiento popular, y por supuesto, también del Presidente de la República y su Canciller, personas inteligentes, informadas y de sensibilidad que no pueden negar realidad tan extrovertida.

El Poder Ejecutivo a través de sus representantes naturales ha mantenido una actitud ambigua, timorata, intentando ampararla bajo el manto de principios de relacionamiento internacional, cuando en realidad el fundamento de su accionar no es otro que el temor de generar fracturas internas en su propio partido.

Entendemos la unidad como un valor en sí mismo cuando se asienta en valores y principios comunes. Deja de ser tal cuando se fundamento es meramente utilitario, cuando para mantenerla debemos renunciar a nuestra identidad espiritual. No puede haber unidad real entre posturas ideológicas enfrentadas, opuestas. Los colores negro y blanco no se juntan, y cuando lo hacen aparece un gris desdibujado y de dudosa durabilidad.

Entendemos que el gobierno no puede jugar a una indefinición temerosa y debe expresarse por lo que indique su leal saber y entender, sin temores ni sujeción al pensamiento obnubilado de alguno de sus sectores.

Mientras no lo haga, mientras se mantenga rehén de corporativismos políticos y de los otros quedará “atrapado y sin salida”, aprisionado,  víctima de un laberinto que su fuerza política y él mismo contribuyeron a crear.

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