Dr. Luis José Martínez
Dr. Luis José Martínez

Han pasado cuarenta y cuatro años desde el infausto 27 de junio de 1973. Se trata de una fecha que no puede pasar inadvertida, si de veras nos interesa custodiar los valores esenciales de nuestra convivencia, a saber, la libertad, la tolerancia y la paz. Tales valores sólo pueden realizarse dentro del sistema democrático y de ningún modo fuera de él. Los que vivimos ese  27 de junio y lo que ocurrió después, durante un lapso que parecía interminable, tenemos el deber de informar al respecto a las nuevas generaciones y el derecho (diría que hasta la obligación) de reflexionar acerca de por qué advino aquel tiempo. 

Las instituciones estaban erosionadas. Muchos años antes, se había acabado el “como el Uruguay no hay” que, en tiempos de vacas gordas desperdiciados por el clientelismo y la demagogia, reflejaba la confianza infundada de que el bienestar relativo que el país llegó a vivir permanecería para siempre, aun si los gobernantes no hacían nada con ese objeto. La llegada al gobierno del Partido Nacional permitió poner sobre el tapete algunos de los problemas reales del país, que antes se había intentado encubrir o al menos disimular, encarando la solución de los más graves. En parte porque era ya demasiado tarde, en parte por falta de colaboración y también, cómo no, por los errores propios y las luchas sectoriales, las autoridades no llegaron a abocarse completamente a la ingrata tarea de una reconstrucción efectiva, que habría debido abandonar la vía más confortable de los retoques y los eufemismos.

La disminución de la calidad de vida, la pérdida del poder adquisitivo de la moneda, las dificultades vinculadas al mercado laboral y la falta de un gran compromiso nacional de largo plazo, fueron elementos catalizadores del  descreimiento general. A fines de 1966, la mayoría de los uruguayos se había convencido de que hacía falta “una mano más firme” para enderezar la nave. Triunfó entonces la reforma constitucional presidencialista y un militar demócrata postulado por el Partido Colorado (el Gral. Gestido, a quien se consideraba un administrador honrado y efectivo) alcanzó la primera magistratura. Como es sabido, sobrevivió tan sólo unos meses tras su investidura, por lo cual el vicepresidente Pacheco Areco asumió el poder.

Carente de antecedentes relevantes, el nuevo mandatario representaba en ese momento una incógnita, pero ésta habría de disiparse pronto. Lejos de promover un gran entendimiento nacional, trazó prontamente una línea divisoria en la que, según su peculiar criterio, de una parte estaban sus partidarios y de la otra sus adversarios. Reiteradamente se valió de las medidas prontas de seguridad, cuya aplicación prevé la Constitución para el caso en que concurran circunstancias excepcionales y siempre bajo el control parlamentario, como si se tratasen de un método de gobierno regular y permanente, y como si las decisiones eventualmente contrarias del Poder Legislativo pudiesen ser desoídas de un modo sistemático.

Su decisión de establecer una situación de bipolaridad política y social, contó con un aliado formidable. Después de unos comienzos vacilantes en los que incluso llegaron a obtener algunos guiños de la opinión pública más superficial, un reducido grupo de “iluminados” provenientes de la clase media y en general bastante ilustrados en el sentido burocrático del término, habían consolidado una organización guerrillera llamada “Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros”. Como es notorio, el mote de tupamaros no era más que  una grosera usurpación terminológica: esa era la denominación que los realistas daban a los luchadores por la independencia de comienzos del siglo XIX, y entre los considerados tales había estado nada menos que Artigas. Estos guerrilleros se habían trazado un objetivo que el país no compartía y que era, además, imposible de alcanzar por la vía violenta elegida. Ni el propio “Ché” Guevara pudo persuadirlos de que iban derechamente al fracaso. Muy poca gente los acompañó en aquella desorbitada empresa, que finalmente deparó al país tanto dolor y sufrimientos.

En esa situación pues, llegó a prosperar una contraposición falaz que, no obstante, era funcional a dos sectores: al entorno presidencial que francamente la propugnaba, con la ventaja de que, más allá de sus errores y excesos, e incluso más allá de las disidencias existentes en su propio partido, el mandatario  había sido investido de un modo legítimo; y por otro lado a la guerrilla, que no dejaba de echar afanosamente leña en la hoguera, lo mismo que a pequeños grupúsculos que, aun sin respaldarla abiertamente, gravitaban en torno a ella al modo de especuladores expectantes.

La burda y rústica bipolaridad llegó a instalarse en muchos espíritus. Con ella, el que más perdía era el país. Para colmo, la desilusión popular con los partidos políticos no cesaba, en tanto se los  veía como escenario de apetencias y ambiciones personales sin destino, carentes de un cuerpo claramente perceptible de ideas y principios con la dimensión que la hora reclamaba. En lo tocante al Partido Nacional, atravesaba un difícil proceso en el que convivían el quietismo y las ansias de renovación, naturalmente incompatibles.

El Partido se abrió camino entre las dificultades y acechanzas de aquel tiempo de angustias, y pudo lograrlo merced a un factor decisivo: Wilson Ferreira Aldunate, convertido desde entonces en su portavoz y conductor, le hizo saber al país que era no solamente posible, sino deseable, construir un proyecto diferente, en el que el entendimiento patriótico debería primar sobre la torpe confrontación que los oportunistas presentaban como algo fatal y sin alternativas. La propuesta, que ponía a la vista la irresponsabilidad de tantos, implicaba la afirmación y vigencia efectivas de los principios inherentes a la democracia como sistema, tanto en el orden político como en el social y económico. No se limitó a declaraciones, sino a una enunciación concreta de aquello que era necesario hacer y de los instrumentos idóneos para ello.

Aquella notable conducción fue capaz de superar la larga separación que tanto había perjudicado al partido durante mucho tiempo, y de consagrar una síntesis feliz que, al tomar lo mejor que respectivamente podían aportar las fuerzas antes dispersas, vivificó a la colectividad y atrajo, restituyó y además incorporó a su seno a hombres y mujeres de toda edad y de toda condición. La lucha, absurdamente desigual, del Partido Nacional en el año 1971 tuvo ribetes de epopeya.

Luego de unos comicios harto peculiares, sobre los cuales la memoria colectiva e incluso el propio partido, prefiriendo mirar hacia el futuro, han echado un manto benévolo de olvido, asumió la presidencia el señor Bordaberry. A los factores preexistentes se agregó la ceguera y obstinación del nuevo gobernante, ajeno por otra parte a toda convicción democrática. El cúmulo de factores de inestabilidad y de descreimiento se precipitaron entonces de manera inevitable, hasta que un grupo militar ya por entonces fortalecido a expensas de tantos males que soportó el país, invocando a las mismas Fuerzas Armadas cuyas tradiciones no fueron capaces de honrar, usurpó desembozadamente el poder.

Decía Marañón que los males de la libertad se curan con libertad. Quienes estamos convencidos de ello, no podemos olvidar que la tentación autoritaria asoma rápidamente su torvo semblante cada vez que la situación social, económica y finalmente política se vuelve crítica. Puesto que la experiencia nos enseña que las crisis son parte, periódicamente, de la historia de las sociedades, hay que estar preparado para enfrentarlas con las armas de la Constitución y la ley.

La fácil complacencia, frecuentemente sustentada en ciclos de prosperidad que nunca habrán de ser permanentes; las exigencias sectoriales, que sólo pueden superarse cuando los gobernantes anteponen su deber patriótico a la simple tentación de encogerse de hombros; la despreocupación por la educación del pueblo; la falta de un sentimiento democrático firmemente cimentado y colectivamente asumido; la carencia de austeridad o las mentiras y falsas promesas de los demagogos; los atajos violentos con que cada tanto amenazan los  pseudorevolucionarios convencidos de interpretar según su elitista criterio las necesidades del pueblo; la tendencia a diluir el cuerpo de ideas y de propuestas que son la esencia de todo partido político, trasmutándolo en un instrumento manejable por la mercadotecnia, son  males graves, cada uno por sí mismo y, juntos, pueden descomponer rápidamente a cualquier sociedad.

Si le añadimos la falta de conciencia de que los miembros de la nación nos hallamos sujetos por una ley inexorable a la comunidad de nuestro destino, o incluso la falta de voluntad para inculcar y fortalecer esa conciencia, y el uso irresponsable de falsas categorías sociales, presentando como fatal el enfrentamiento de unos contra otros, en vez de la concordia,  iremos, aun sin darnos cuenta, por un camino errático del que no sabremos la meta ni tan siquiera el rumbo.

La democracia no es heroica ni épica. Es un sistema de convivencia, el único capaz de asegurarnos la posibilidad de realizar nuestras potencialidades como seres humanos y como cuerpo social. Conocerla, practicarla, preservarla, perfeccionarla, para nosotros mismos y para nuestros descendientes, es el deber moral y cívico que no podemos rehuir. Esto acude a nuestra mente de modo particular y porfiadamente cada 27 de junio, día de infeliz recordación.

One thought on “Aquella jornada aciaga

  1. Esta recordación es bastante ajustada a la realidad; más completa que la trillada versión de la “teoría de los dos demonios”, como si el problema hubiera sido por un enfrentamiento entre tupamaros y militares. Le faltó recordar el enfrentamiento internacional de aquellos tiempos entre los EEUU y la Unión Soviética, especialmente cuando la revolución cubana triunfante se entregó a la segunda de estas partes. También, recordar que toda la izquierda (y no sólo los tupamaros) querían imponer aquí un régimen como el cubanoY que, a consecuencia de las conversaciones entre los sediciosos detenidos y las jerarquías militares, durante el año 1972, algunas de éstas concibieron la idea de intervenir en la conducción del país; de ahí el contenido de los comunicados 4 y 7 de las Fuerzas Armadas en febrero de 1973, que despertó el apoyo de toda la izquierda.

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