Francisco Faig
Francisco Faig

Esta es la última de este año en La Democracia. Por eso, como siempre, me importa dejar algunas ideas como balance político general del año transcurrido.

Un año de cambio

La renuncia del vicepresidente de la República por problemas de corrupción fue sin duda el hecho político más importante del año. Planteó desafíos relevantes para el sistema político y para el partido de gobierno. No está cerca de terminar tampoco, ya que todavía resta que se expida la Justicia.

En concreto, dejó al menos dos consecuencias. La primera, es que ayudó a despegar al Uruguay de la región: es absolutamente excepcional que un episodio así ocurra en Sudamérica. No porque no haya corrupción, sino porque normalmente, lo que ocurre es que al corrupto en el poder el partido de gobierno lo defiende absolutamente. Los ejemplos sobran en este sentido. La segunda, es que permitió al Frente Amplio generar un chivo expiatorio y reposicionarse de cara a 2019: en vez de penar con Sendic, resulta que la izquierda salió del brete a la vez que allanó el camino electoral sin esa carga gigantesca en su mochila. Al menos, así cierra el 2017; habrá que ver si logra mantener esa sensación cuando la Justicia encuentre delitos penales en las gestiones de Sendic y compañía.

Un año de continuidad

El Frente Amplio, luego de la crisis Sendic, logró enderezar el barco. La continuidad está dada por un resultado económico general que es mejor que el de los países cercanos de la región; por un ritmo cansino de gobierno que no parece ser muy criticado por la gente; por expectativas de cambios graduales, con notorios fracasos como en el caso de la educación o de la seguridad, que no conmueven mucho a nadie más allá de algún episodio trágico o escandaloso.

La nave va sin mucho sobresalto en el corto plazo; jugando al límite de lo corporativo como siempre; olvidando cualquier amenaza de largo plazo en el cobijo clientelista de la cortita; y con una autocomplacencia nacional que en el fondo sigue bien vigente.

También, es signo de esa continuidad que haya dos precandidatos como Astori y Mujica que, si llegaran a presidente en 2020, tendrían más de 80 años. Incluso el intendente Martínez, el otro gran favorito para candidato, resulta que también se inscribe dentro de esa continuidad llana: no hace mucho en Montevideo ni muy rápido, pero es apreciado por los resultados de sondeos de opinión. Increíblemente, con 62 años en 2019, sería una especie de carta de renovación frenteamplista.

Oposición con continuidades y algún cambio

La continuidad está dada porque todo aquello que podía pretender cierta ruptura se ha desinflado en la oposición: por ejemplo, Novick. Pero también, en este 2017 no pareció que el Partido Colorado marcara un rumbo claro que pudiera sacarlo de la crisis electoral fijada en 2014-2015, agravada por la posterior anunciada salida de Bordaberry.

El Partido Nacional ratificó su vigencia en elecciones juveniles con mucha participación, lo cual ya es una continuidad. Otra continuidad, menos positiva, es que ni en Canelones ni en Montevideo los blancos marcan una clara estrategia departamental que permita a la gente ver que hay una alternativa posible (allí donde votan más de la mitad de los uruguayos). Sin candidatos claros y creíbles a intendentes, sin oposición feroz en Montevideo, se mantiene un estado electoral inerme que pasará claramente factura en 2019, pero que a nadie quita el sueño.

Trajo 2017 algún cambio también: por ejemplo, la partición de Alianza Nacional. Es evidente que Verónica Alonso y un grupo de intendentes emprenderán camino propio. Habrá que ver si esa novedad implica a su vez un escenario electoral nuevo para 2019, porque por ahora, así como va la cosa y en función también de los resultados de elecciones juveniles, es clarísimo que la interna deja a Lacalle Pou como candidato presidencial del partido.

No hubo nada en 2017 que dejara pensar que la oposición ganó un protagonismo diferente o que haya generado una esperanza de triunfo encaminado o algo así similar, mientras que el Frente Amplio se empantanaba en sus problemas internos y sobre todo en la crisis Sendic.

El 2017 no fue en este sentido un parteaguas de nada. Al contrario, profundizó la sensación de que este malo conocido, el Frente Amplio, la puede ir llevando, atadito con alambre, y que parece a veces incluso mejor que el quizá bueno por conocer conformado por una oposición que no termina de hacer las cosas que debe para cambiar el escenario construyendo una alternativa creíble para 2019.

La perspectiva que deja este 2017 es que el barco sigue navegando y que, si no hay grandes tropiezos internacionales de consecuencias graves para Uruguay, el favorito es de vuelta el Frente Amplio para 2019. Con o sobre todo sin mayoría parlamentaria, con algún viejito como candidato o con algún dirigente ya veterano como Martínez, 2017 deja claro que el Frente Amplio es capaz de seguirla llevando, así nomás, incluso un período de gobierno más sin problemas.

Que todo así como va deje conforme a la pequeña clase media mientras se encamina, sin verlo, hacia un tobogán de largo plazo; que la lentitud y desidia sean las protagonistas del país; y que todo esto sea gravísimo, es algo que a nadie quita el sueño.

Feliz 2018. Si Dios quiere, retomaremos en febrero nuestras columnas en La Democracia.

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