Dr. Jorge T. Bartesaghi
Dr. Jorge T. Bartesaghi

No hay dudas sobre que el consenso, como expresión de acuerdo entre los hombres, aplicado racionalmente es una virtud, o al menos un gran beneficio en cuanto da certezas y seguridades sobre los temas aplicados.

Decisiones que cuentan con consenso de quienes deben adoptarlas habitualmente conllevan la seguridad y respaldo suficientes en cuanto a la mayoritaria aceptación de los afectados.

Más aún cuando se adoptan por quienes tienen representatividad indiscutida, como sucede en el ámbito político, donde los responsables de las decisiones pueden exhibir legitimidad absoluta para ello.

El consenso como sistema de validación de las decisiones de gobierno del Frente Amplio se origina en su propia génesis, por cuanto ha sido la forma y mecanismo esencial de construcción de esa fuerza política.

Hasta 1971, a los diferentes grupos de izquierda, tanto moderados como radicales, les era imposible pretender por sí mismos, o mediante acuerdos parciales, acceder al gobierno de la república.

Esa imprescindible unión no era nada fácil por cuanto pretendía aglutinar, y en algún caso unificar, criterios entre fuerzas absolutamente diferentes, muchas veces contrapuestas al extremo de ubicarse en las antípodas del pensamiento.

Pero era la única forma, De otra manera siempre les faltaría “un real p´al peso”. Y lo sabían.

Una inteligente construcción política logró encontrar el mecanismo que hiciera posible esa unión. Unión que les asegurara a los grupos minoritarios ser tenidos en cuenta, con peso sustantivo, a la hora de adoptar las grandes decisiones nacionales. Y la solución fue el consenso, mecanismo ideado para que todos, grandes y pequeños, debieran aceptar las decisiones del conglomerado.

Y lo que pudo considerarse un éxito, en cuanto forma de resolver conflictos y diferencias en el natural relacionamiento humano, ha limitado al gobierno atento a la natural imposibilidad de consensuar cuando alguna decisión afecta principios filosóficas esenciales a alguna de las fuerzas que lo integran.

Y así tenemos un Poder Ejecutivo que enfrentado a la necesidad impostergable de resolver temas que afectan el interés nacional, debe renunciar, o al menos postergar decisiones, para evitar el fraccionamiento de la fuerza política. Unidad que prioriza por encima de temas de indiscutido interés nacional.

Demasiados ejemplos abonan esta afirmación, tantos que son de difícil recuerdo. Pero cómo olvidarse de aquel rechazo del entonces Ministro Gargano al ofrecido Tratado de Libre Comercio nada menos que con los Estados Unidos de América.

O del desprestigio internacional incurrido-en lamentables actuaciones relacionadas con la suspensión de Venezuela en el Mercosur impuestas al propio Poder Ejecutivo por la intolerancia de grupos radicalizados.

Hoy, resulta imposible exhumar de los cajones parlamentarios el Tratado de Libre Comercio con. Chile, suscrito con bombos y platillos por el Presidente, así. como revivir la vinculación con la Alianza del Pacífico, por cuanto sectores del Frente, que priorizan afinidades ideológicas ante los verdaderos intereses nacionales, no logran metabolizarlo.

Huelgan ejemplos de ideas y proyectos de verdadera importancia para el país, generadores de importantes crisis políticas internas, que no logran prosperar por la imposibilidad de superar las barreras ideológicas que imponen visiones filosóficas contrapuestas.

En suma, el aceptado principio del consenso, en cuanto a la gestión del gobierno se refiere, ha dejado de ser la virtud superior imaginada, convirtiéndola en causa de inacción e ineficiencia irresponsable.

El gobierno debe gobernar. Si es posible consiguiendo el acuerdo de todos, y si no lo es de acuerdo a su leal saber y entender, única forma de dar cumplimiento a las ineludibles obligaciones asumidas.

Y no lo ha hecho, En salvaguardia de una unidad frágil, inconsistente, sin sustancia intima, ha dejado que el consenso pierda su ángulo virtuoso para convertirse en grave defecto esterilizador de su gestión y, consecuentemente, dañoso para el país.

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