La Revolución rusa de octubre de 1917 reverberó en una gran radicalización ideológica global y mostró con diáfana claridad cómo podemos cometer horrores convencidos de nuestra propia justicia. América Latina no fue la excepción.

«El hombre en el cruce de caminos»
«El hombre en el cruce de caminos»

En el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, congelado en el tiempo de su propia estética revolucionaria, se encuentra el imponente mural «El hombre en el cruce de caminos» de Diego Rivera. Sus imágenes revelan a la vez un rechazo hacia la sociedad capitalista, frente a una idealización vertiginosa del internacionalismo proletario. El desaparecido líder bolchevique Vladimir Ilich Uliánov, mejor conocido como Lenin, aparece cerca de la encrucijada central del cuadro, tomando la mano de una multitud multiétnica. Rivera ilustró con ello la ilusión de mucha de la intelligentsia latinoamericana de la época hacia la política soviética, anclada en la sempiterna frustración hacia nuestra realidad que suele invocar. Esa ilusión dejó un saldo de desolación, cuyas heridas seguimos cicatrizando, en cada mural universitario, en cada relectura de Galeano y en la desoladora constatación de que tenemos algunas izquierdas que ni olvidan ni aprenden.

No es ocioso recordar los efectos que la expansión marxista-leninista tuvo sobre el mundo: la disolución violenta del experimento liberal y democrático de la Rusia poszarista y la revolución febrerista, el terror estalinista, la ocupación soviética del este y centro de Europa, las guerras del Tercer Mundo, el tenso equilibrio nuclear y luego, para consternación de la humanidad, las recurrentes hambrunas, la pulsión fratricida del enfrentamiento sino-soviético, el genocidio camboyano y el fracaso económico y moral de ese sistema. Millones de víctimas que hoy son dejadas de lado por una nostalgia romántica por una revolución que, donde permanece vigente, nos recuerda que la esencia del leninismo fue siempre la captura absoluta del poder por el partido revolucionario, aunque se maquille de remeras del Che o de lujosos rascacielos chinos.

No se trata aquí tampoco de idealizar la crueldad de muchos de los regímenes a las antípodas del marxismo-leninismo. El Imperio zarista era una de las monarquías absolutas más corruptas y atrasadas del mundo; el anticomunismo desplegó feroces prácticas que desmentían moralmente su fundamento liberal. La reacción fascista en Occidente y los regímenes de seguridad nacional en el mundo subdesarrollado fueron contracaras deleznables de terror de Estado que reforzaron el relativismo comunista. Pero es mentira que el mundo sólo tenía dos opciones, como demuestra el desarrollo atribulado pero sostenido del Estado social de derecho.

Desde América Latina existen rincones que celebran la imagen esplendorosa de la Revolución: sus avances tecnológicos, su estética e ideas. Desde círculos de académica remembranza a los regímenes cubano y venezolano, la nostalgia revolucionaria es para ellos reafirmación diaria en su propia justicia y de los valores con los que se imponen sobre sus sociedades. La ironía del asunto es que Lenin despreciaba —con herencia de la visión de Karl Marx— las condiciones objetivas para una revolución social en la región, lo cual no obstó para que la URSS y sus fieles entre nosotros atacasen los intentos de reforma social no comunista, cooptando para sí muchos movimientos de reivindicación nacionalista e impidiendo la consolidación democrática en otros casos. El espectro que recorrió el continente fue la guerra sorda entre el comunismo y el anticomunismo, se expandió con la exportación de la Revolución cubana, las sanguinarias campañas de guerrilla y contraguerrilla de los sesenta, y su punto más crudo fueron las guerras civiles centroamericanas de los años setenta y ochenta.

Hoy, muchos movimientos inspirados originalmente por el marxismo-leninismo han abandonado sus banderas violentas y abrazado el debate democrático-electoral. En algunos casos, como mecanismo deshonesto para una instauración revolucionaria eventual, como ilustra la ortodoxia marxista de Nicolás Maduro o el pragmatismo de Daniel Ortega. En algunos otros casos, las izquierdas revolucionarias han devenido en partidos socialistas democráticos, pero para ello han tenido que transitar traumáticas tragedias o renunciar a la herencia leninista, que rápidamente se demuestra incompatible con una sociedad pluralista y políticamente abierta.

Desde el humanismo debemos reconocer los problemas reales que sirvieron de fundamento a la ilusión de muchos latinoamericanos y seguir promoviendo la mejora constante del continente en libertad. Así evadiremos la trampa del falso recuerdo leninista.

 

Guillermo Tell Aveledo | @GTAveledo
Doctor en Ciencias Políticas. Profesor en Estudios Políticos, Universidad Metropolitana, Caracas

Diálogo Político

 

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