Jorge Basur
Jorge Basur

En este 2017 se cumplen 100 años de la Revolución Rusa que llevó a la conformación de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). La caída de la monarquía de los Zares en Rusia, precisamente el derrocamiento y posterior prisión y fusilamiento de la Familia del Zar Nicolás II, hace subir al poder a la principal figura que da forma al régimen que duró 66 largos años, Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin, que fue un político, revolucionario y teórico político comunista ruso.
Después de la Revolución de Febrero —a raíz de la que la monarquía en Rusia dejó de existir— Lenin se interesó mucho por llegar a Rusia cuanto antes. En aquel entonces estaba en Zúrich, Suiza. La única manera que tenia de alcanzar el territorio del país eslavo era pasar por tierras enemigas, a través de Alemania.

Los alemanes estaban muy interesados en que llegara a Rusia la persona capaz de desestabilizar la situación política y hacer que Rusia saliera de la Primera Guerra Mundial. Pero en el sentido ideológico Lenin y Berlín no compartían en nada.

El imperio zarista ya había dejado de existir así que el Gobierno provisional ruso ejercía el poder sobre el país y prometió a los aliados continuar en la guerra. Por ese motivo, Alemania decidió financiar a Lenin para que desestabilizara la situación en Rusia. El rol alemán en el ascenso de Lenin al poder fue crucial y Lenin luego cumplió con Alemania firmando el Tratado de Brest-Litovsk, muy beneficioso para Alemania y las Potencias Centrales.

Hasta ahora luego de caído el régimen nos preguntamos qué es lo que sucedió en Rusia entre febrero y octubre de 1917 ¿Fue una revolución social o un golpe de Estado que impuso un partido único?. Fue en febrero, cuando aconteció la verdadera revolución; lo de octubre fue un golpe de Estado, ejecutado por un partido político que de inmediato recurrió al terror para consolidar su poder. Todo lo que vendría con Stalin estaba ya en Lenin, de manera que no cabe pensar en otro curso posible de la historia: el enemigo es ahora como fue desde el principio. Mucho se ha escrito al respecto. Me animo a afirmar que hubo de las dos. Para muchos, incluso conspicuos socialistas, la URSS surgida de la revolución era la civilización del futuro, la liquidación del terrateniente y del capitalista, el fin del desempleo, una producción al servicio de las necesidades humanas, un nuevo mundo que alumbraba frente a la vieja y caduca sociedad burguesa. Para otros, los atrajo el anticolonialismo y el pacifismo, con la promesa de fundir individualismo y comunismo, internacionalismo y la abolición de la violencia y de la avidez que es la moral misma del capitalismo con el que es preciso acabar, decían los teóricos. Se buscaba la construcción del hombre nuevo.

Mucho sucedió en esos 66 años, Rusia vivió primero la crisis de la primera guerra mundial y las grandes persecuciones entre los revolucionarios (Lenin, Gorki y Trosky) hasta la negra época de Stalin que tuvo un pequeño reconocimiento mundial por ser la fuerza que derrotó al nazismo y que llegó primero a Berlín. El régimen funciono mediante una economía planificada y se desarrolló la fabricación de armas y la carrera por el espacio, todo sustentado por el petróleo como hasta ahora. La carrera armamentista llevó a la guerra fría y de ésta a 1989 con la caída definitiva del régimen.

El año 1989 marcó, el hundimiento de la Unión Soviética, el fin de una ilusión, sin dejar ningún legado, de todo lo construido en el orden institucional no queda nada en pie. Quedaba quizá el sueño de la revolución, y de los días de triunfo y fraternidad y de que  toda la humanidad habría de entrar por las puertas de la historia abiertas por Lenin, todo había resultado ser una gran fábula. El romance del comunismo, se desvaneció en el aire, y de la revolución no quedó ni el homo sovieticus, como muestran los estremecedores relatos que Svetlana Aleksiévich recogió a modo de epitafio y fin de la experiencia comunista.

Cien años después de la revolución bolchevique, Rusia es un país distinto al que fue arrastrado por la euforia de un cambio que acabó encorsetado y monopolizado por el Partido Comunista de la URSS. Las turbulencias de octubre, no obstante, siguen proyectándose sobre la Rusia actual y actúan sobre todo a modo de alarma preventiva para sus dirigentes, obsesionados por evitar eventuales “contagios” de otras “revoluciones” actuales.

El sistema desarrollado por Vladímir Putin desde su llegada al poder en el 2000 reacciona con anticipación ante cualquier indicio de pérdida de

control. Ejemplo de ello son los pretextos, no fundamentados en la legislación, que las autoridades municipales en Moscú y otras ciudades esgrimen para prohibir el derecho a manifestarse a activistas de la oposición. Rusia no ha desmontado aún toda la herencia de la URSS. Los cadáveres de Lenin y de otros padres fundadores siguen en la plaza Roja (frente a los restaurantes y boutiques de lujo) y los hábitos arraigados en el periodo soviético son más persistentes de lo que imaginaban quienes quisieron hacer borrón y cuenta nueva en 1991. La forma de pensar y actuar de Putin está marcada por su formación en los servicios secretos y muchos de los políticos y funcionarios que lo rodean proceden de la misma cantera, lo que hace que estos sectores tengan un peso dominante en la Administración del Estado. La gran diferencia con la época soviética es que entonces los servicios de seguridad se sometían a la ideología, línea y control del Partido Comunista y ahora son los servicios los que dan el tono y gozan de una privilegiada situación frente a otras instituciones.

El próximo marzo habrá elecciones presidenciales y todo parece indicar que Putin se apresta a revalidar su puesto por seis años más. En su mandato ha habido diferentes épocas, hoy el nivel de vida de los rusos se ha deteriorado, la integración de Crimea en el tejido estatal y los gastos militares se realizan a costa de las inversiones en servicios sociales, sanidad y educación. El presupuesto ruso sigue dependiendo de los hidrocarburos y las reformas económicas de calado no se han realizado.

Con Putin, la gestión del Estado se ha transformado en una vertical dirigida desde el centro y mientras él esté al mando no abrá cambios en Rusia. Esperemos que los  cambios se aceleren por el bien de todos los rusos y el mundo.

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