Dr. Luis José Martínez
Dr. Luis José Martínez

Una serie de acontecimientos de diferente importancia han ocupado a la opinión pública en los días y semanas recientes, de manera tal que centraron la atención popular en torno a ellos. Ha sido el caso, por ejemplo, de la clasificación de nuestra selección para el Campeonato del Mundo de fútbol del próximo año, la que, por fortuna y a diferencia de ocasiones anteriores, estuvo exenta de dramatismo para los uruguayos, pero no así para otros combinados participantes. Nadie puede negar que se ha tratado de un hecho importante: para los que gustamos del fútbol, porque es algo que efectivamente nos interesa, aunque debe reconocerse que existen distintos niveles en la pasión con que estos episodios son vividos o estimados por el público; y para aquellos que son indiferentes al deporte dominante en nuestra tierra, porque deben rendirse ante la evidencia de su incuestionable repercusión popular.

Otros hechos han llamado asimismo la atención y ocuparon, por tanto, espacios destacados en la prensa, la radio y la televisión. Sólo nos atendremos, con carácter puramente enunciativo, a dos o tres de los que han estado en el tapete por este tiempo. Por lo pronto, la eventual instalación de una nueva fábrica procesadora de celulosa, esta vez a orillas del Río Negro, no es un asunto nada menor; muy por el contrario, reviste gran trascendencia. Nadie discute el impulso que una empresa tal puede dar a la economía y al empleo, y su presentación por las autoridades, tal vez en unos pocos días, será considerado por el gobierno un éxito que se exhibirá machaconamente. Es muy probable que debamos escuchar al presidente y a su ministro de economía (et al.), señalar hasta qué punto esto demuestra la solidez de las políticas  implementadas por ellos, el prestigio consiguientemente alcanzado por el país, etc.  Adicionalmente, nos permitimos suponer que, a fin de atizar un sentimiento nacionalista superficial (porque lo que es sentimiento nacionalista auténtico, no lo hay en este gobierno, tema que daría para muchas reflexiones por separado), se hará caudal de que los inversores disponían de otras alternativas y que sin embargo eligieron el Uruguay y otras cosas por el estilo. Al tiempo.

Hemos de asistir, sin duda, si el acuerdo con UPM se concreta (y eso es lo que se espera), a una difusión masiva del acontecimiento en los términos arriba descritos, y si ello ocurre no demostrará para nada que quien esto escribe es una persona sagaz, sino tan sólo que es un ciudadano más, entre millones, que se aboca a examinar la realidad. Desde las altas esferas se procurará inducir a los medios masivos de comunicación para que asignen al asunto la mayor prioridad, a sabiendas de que ello acarreará de inmediato críticas varias, opiniones discordantes, advertencias de grupos ecologistas, de todo lo cual derivará que el asunto se mantenga en primera línea por el mayor tiempo posible. Entretanto la demanda de mano de obra se incrementará, tanto para la obra de UPM como, y especialmente al principio del proceso, para la construcción o reconstrucción de la infraestructura a que las autoridades se  han comprometido. Dicho sea de paso, si no fuera por las exigencias de UPM, el superior gobierno habría continuado mirando para otro lado mientras la infraestructura existente seguía deteriorándose a  extremos otrora desconocidos.

Es previsible que, asordinado tras el estrépito triunfalista de las trompetas oficiales, quede el pertinente examen y el debido escrutinio público sobre la utilidad neta que le quedará al país. Los costos no serán tan sólo económicos, susceptibles de cuantificación, sino de diversa índole. Suponiendo, como queremos suponer, que en efecto el país saldrá favorecido una vez deducidos tales costos, hay interrogantes de toda laya que difícilmente tendrán respuesta, a la vista del secretismo del proceso. No somos tan ingenuos para pensar que estas negociaciones deban hacerse en la plaza pública: tan sólo nos permitimos señalar que una obra transquinquenal y aun mucho más que eso en el tiempo y de una trascendencia tan manifiesta, debería concretarse con el mayor concurso de voluntades y de opiniones que sea posible. Los gobernantes saben que esto no sólo se puede hacer sino que no le crearía demasiados problemas; y lo sabe de primera mano porque, aunque la “fuerza política” se negó en su hora tenazmente a la instalación de “Botnia”, la asumió en poco tiempo con tal entusiasmo que el entonces presidente Vázquez (que, como sabe el lector, es el mismo presidente de hoy) no trepidó a la hora de enfrentar las posiciones del gobierno argentino en la materia, con una aspereza tal, según lo señaló públicamente el nombrado mandatario, que llegó a pensar en una confrontación bélica con el país hermano (sic), y a gestionar para tal eventualidad el respaldo y apoyo del gobierno de los Estados Unidos (nuevamente sic, benévolo lector, aunque usted no lo crea). ¡Oh, que peculiares censores del sistema capitalista son los exponentes de la “fuerza política”, hijos o herederos de aquellos que apostrofaban a Herrera y reclamaban la clausura de “El Debate” cuando el caudillo combatía al comunismo y al imperialismo yanqui!

De esta guisa, y queriendo pensar (por pensar bien) que no se hayan aceptado condiciones excesivamente gravosas para conseguir la instalación de la segunda planta de UPM, es probable que la “fuerza política” gobernante obtenga un rédito en términos políticos o electorales, y esto aun descontando los efectos adversos que eventualmente se generen. Si ese rédito (de haberlo) es alcanzado en buena ley y en cancha abierta, no habrá de qué quejarse, pues es bien sabido que los éxitos políticos gubernativos tienen su correlato electoral, al menos en la medida correspondiente. Pero es preciso no distraerse, porque el juicio sobre una gestión de gobierno no puede jamás agotarse en un episodio por triunfal que sea o se lo quiera presentar.

A no perder de vista que la actual administración ha resultado ineficaz, timorata, clientelista y oportunista y que, siguiendo la ruta que marcaron las dos que la precedieron, se ha servido con la cuchara grande de toda clase de prebendas y demasías. Encerrada ahora en un círculo vicioso del que no logra salir, se aferra al proyecto de una nueva fábrica de celulosa con manotazos de ahogado, en la creencia de que un incremento del empleo, lo mismo que una disminución (o cuando menos el mantenimiento de los guarismos actuales) de la deuda externa, considerada como un porcentaje del producto interno bruto, son posibles todavía.

Lejos de nosotros todo deseo ni siquiera idea de que al gobierno le vaya mal en este asunto, por la razón simplicísima de que en tal caso le irá mal al país. Pero pongamos las cosas en su sitio: si el presidente Vázquez asigna a esta inversión concreta una prioridad y urgencia tan ostensibles, no es exclusivamente por su cuantía y sus beneficios: es, principalmente, porque le permitiría edulcorar el saldo de una gestión gubernativa sin rumbo ni concierto, mediante un éxito (real o presunto) que como tal será presentado al pueblo con toda prosopopeya.

Entretanto, el propio gobierno se sirve de elementos de distracción adicionales: hoy, que si se otorga o no el subsidio al exvicepresidente Sendic, lo que al fin de cuentas y en consideración a la magnitud del affaire ANCAP e ainda mais, no es más que un episodio menor; mañana, que se convierte en un  folletín, irrespetuoso y grosero, la investidura en calidad de senadora de una persona transexual, asignando al asunto una relevancia completamente excesiva, puesto que si las leyes en vigor han querido desterrar, y con sobrada razón, toda discriminación por razones de religión, sexo, opciones u orientaciones sexuales, raza, etc., el hecho debería ser asumido con total naturalidad. No se comprende, por donde quiera que se lo mire, que los que se consideran depositarios exclusivos, en esta materia y en todas las materias sin excepción, del conocimiento acumulado sobre el progreso social, y presumen de ser adalides de los avances en la legislación laboral y de la protección social al extremo de ignorar cuanto se ha hecho en este país antes de su acceso al poder, nos propinen semejante cuota de ostentación ante un hecho que no es sino la natural consecuencia de la evolución de la sociedad en que vivimos. Curiosa forma de actuar de los que reivindican la llamada “agenda de derechos” como patrimonio de la “izquierda”, de la que vendrían a ser titulares exclusivos en la medida en que la solidaridad, la justicia social y la igualdad son de izquierda y ellos, pero solamente ellos, lo son también.

A no confundirse pues, y a no distraerse ni entrar en corral de ramas. Continuemos en nuestro propio rumbo, que es lo que el país necesita.

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